26 | Hogar


Septiembre es mi nuevo hogar.
Es una mudanza a una nueva casa. A un lugar en donde las normas impuestas, las leyes interpersonales, el autocuidado y la autogestión personal brilla permanentemente.

Sí, así empiezo hoy. Llegó septiembre y con su llegada se disiparon todas mis dudas, negativas y el caos interpersonal se difuminó. El hecho de que llegara con truenos, lluvias y sonidos a las cuatro de la madrugada hizo que muchas cosas que tenía en la cabeza, como malestar y malos rollos por temas personales-familiares, dudas sobre mí misma, interrogaciones que dejaba sin responder y tareas pospuestas por desidia y dejadez desaparecieran por arte de magia.

Os cuento a grandes rasgos; mi mes de agosto no empezó muy bien que digamos. Hice un viaje al sur a finales de julio a la ciudad en la que he vivido más de treinta años. Estuve varios días por allí y el día 2 de agosto regresé a Madrid. Al segundo día de estar en Granada me di cuenta de que aquella ciudad ya no es mi hogar, no me sentí como en casa. Me sentí extraña, ajena a todo y había personas que tenía ganas de ver y que tenían ganas de verme, pero no me sentía bien. Me sentí como si el viento me susurrara al oído que había pasado ya un tiempo y que ya se había olvidado de mí por completo. Sonará a tontería tal vez, pero no fue una situación agradable. Me sentí muy incómoda y eso marcó una nota en mi cabeza.

El caso es que tampoco llevo mucho tiempo viviendo en Madrid, cuando sucedió todo eso sólo habían pasado 1 año y 11 meses, pero esos días que estuve por el sur sentí un batiburrillo de emociones negativas que nunca había sentido, me he sentido completamente fuera de lugar, y la sensación de apego que tenía por mi ciudad ha desaparecido por completo. La ciudad que fue mi hogar durante tantos años ya no lo es. Sentía que estaba en un lugar que ya no me corresponde de la misma manera. Y oye, no pasa nada, ahora esto lo puedo decir con un poco de perspectiva, ya que cuando volvía a Madrid a principios de agosto tenía una decepción enorme y un pequeño cabreo mental. Era obvio que necesitaba procesar todo eso y dar el siguiente paso.

Cuatro días más tarde, el 6 de agosto, estaba viajando al norte.
Viajaba con mi pareja a Bilbao y estaba emocionada y nerviosa a la vez. A medida que íbamos dejando kilómetros atrás mi carácter iba cambiando. Me sentía tranquila y feliz al ver que a cada paso que dábamos hacía Bilbao todo se convertía en tonos verdes oscuros, en paisajes en los que se perdían mis ojos y me encontraba en paz.

El viaje a Bilbao me trajo de vuelta.
A través de cada rincón que conocía, me enamoraba un poco más del norte. De sus paisajes, de la combinación de montaña y mar. Y me di cuenta de que necesitaba desconectar de mis expectativas y falsas esperanzas y conectar más con mis emociones y mis sentidos. El hecho de conocer varias zonas a las que fui con mi pareja y su familia, se despertaba algo dentro de mí. La niña que hace años se esfumó y dejó de existir estaba volviendo. La sentía de vuelta. Y la paz y la calma que sentí en el segundo viaje hizo que reflexionara sobre el viaje que hice al sur. Y ocurrió una cosa muy interesante; mi pasión por la fotografía creativa volvió cuando fui al norte y conocí sus paisajes.

Pero volviendo al título del artículo de hoy; mi hogar no está en ningún lado, ni en el sur, ni en el centro, ni en el norte de España. Mi hogar está en donde se concentren las dos Almas. La adulta y la niña y sepan convivir entre ellas.
Nunca me sentiré tranquila si el hogar que hay en mis entrañas está en conflicto, lleno de dudas, de miedos, de incertidumbre, de apegos absurdos, de odios infundados a través de lo externo. Mi hogar lo empiezo a construir a partir de hoy. Al inicio del mes favorito que tiene la Alma niña.

Con esto quiero decir que el trascurso del mes de agosto, con las bajadas, las constantes, las subidas, las idas y las venidas ha sido conflictivo para mí. Y naturalmente necesitaba superar esta fase dándole la importancia que se merece y siguiendo el curso que yo quiera marcar. No voy a decir adiós a ningún lugar. Tampoco voy a dejar de tener contacto con algunas personas. La naturaleza que habita en mi interior me dicta que deje que el tiempo pase, que me dedique a lo que mejor sé hacer, que aprenda de las cosas que han pasado y que me abra a las que están por llegar.

Porque septiembre viene para cerrar ciclos y abrir otros.
Y el proceso de sanar comienza por aceptar lo que está en nuestras manos y en comprendernos un poco más para saber en como la vida nos va a enseñar a convertir un hogar cálido, tranquilo y lleno de amor dentro de nuestro propio cuerpo.