Eran las siete de la mañana, se había levantado somnolienta, con las gafas mal puestas y la camiseta del revés, y mientras daba tumbos para poder llegar a la cocina para prepararse un café, sonaba tras los muros una melodía que le resultaba muy familiar. Alguien estaba tocando muy temprano una versión de Bach al piano y a medida que pasaban los segundos y lo escuchaba tocar se le iban poniendo los pelos del cuerpo como escarpias.

¿Cómo alguien puede tocar algo tan hermoso y hacerle despertar del letargo de forma tan sutil? ¿Quién era el vecino que había adivinado su pasión por Bach, su pasión por la música clásica, y había decidido tocarla a las siete antes de que ella pudiera sentarse al piano para empezar la jornada y empezar con sus clases online?

Sabía perfectamente cuál era pieza que estaba sonando, es la pieza del preludio de la suite n.1 para violonchelo que llevaba días proponiendo a sus alumnos para tocarla. Es un ejercicio básico que propone para que los dedos se suelten por completo y así puedan recorrer de un lado a otro, como arañas desesperadas, el piano. Y aquella mañana el destino le había preparado una sorpresa.

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