Madrugada del siete al ocho de junio.
Aún tengo en las yemas de los dedos la huella de los suyos de habernos dado la mano.

Suena de fondo (y en bucle): Time, Inception by Hans Zimmer, That Cello Guy

Nos dimos la mano para dormirnos y entre la sensación de paz que me ha transmitido y ese pensamiento que necesitaba tener en mi cabeza, me he levantado con la imperiosa necesidad de quedarme a solas y esbozar palabras, algunas irán dedicadas a esta persona, mientras suena un audio que hace que mi zumbido deje de ladrarme al oído.
Llevaba días queriendo escribir esta entrada, pero hasta ahora no sabía como enfocarla, llevaba mucho tiempo queriendo hacer un balance anual y hacer una reflexión tanto a nivel personal como a nivel introspectivo. Y gracias a alguien a quién he vuelto a acudir por necesidad y por voluntad propia, hago esto de forma pública. Como ejercicio personal. Y también por darle un poco de vida al blog.

Curiosamente el viernes comenzaron mis vacaciones después de estar varios meses trabajando y si me hubiese pillado en otro momento de mi vida seguramente habría huido sola a algún lugar en donde poder estar completamente a solas. Pero no ha sido así. Hace meses cogí mis cosas, una maleta y decidí cambiar mi vida. Me vine a Madrid a buscarme la vida. Y pasaron meses complicados. Mis relaciones personales, familiares y afectivas se resintieron bastante porque no entendían a qué venía ese cambio tan radical.
Hoy hago balance anual. Pero lo hago desde junio de 2019 al junio de 2020. Sinceramente, mi 2019 fue un auténtico infierno. Salí de una relación antes de comenzar el año, la única relación que me mantuvo cuerda durante cinco años. Y entre líos, desquites y malentendidos pasaron cosas que afianzaron un poco más un sentimiento que está bien anclado en mi ser. En mi cabeza. Es un sentimiento que guardo desde hace muchos años y en parte ese sentimiento ha sido quien escribía relatos, fragmentos, con tonalidades grises, quizás demasiado oscuras tirando mucho al negro, y lo publicaba por aquí.
Obviamente una persona no es capaz de ver eso así sin más, necesita un período largo para darse cuenta de eso además de alguien externo para poder observar algo así. Como un psicólogo o un amigo que sabe que algo te pasa y no puede verte así.

No me voy a andar por las ramas, pero la única cosa buena que he tenido en este año, fue el tomar la decisión de coger la maleta y mudarme de ciudad.
Granada, la ciudad donde vivía antes, me ahogaba. Me aprisionaba el pecho de tal manera que varias veces tuve que ir a Urgencias por crisis gordas de ansiedad o por ataques de pánico bien fuertes. ¿Quién sabía esto? Dos personas. Una de ellas vive en Madrid. La otra persona vive en Chile, a kilómetros de distancia, pero era como si no existieran. Y a esas dos personas le debo muchísimo y fueron el apoyo más fundamental que tuve. El resto de las personas que venían y se iban solo aportaron experiencias tanto caóticas como negativas y solo hicieron que aprendiera un poco más de mi misma.

Naturalmente de algunas de esas relaciones pasajeras guardo sentimientos bastante negativos. Mi forma de ser es un tanto resentida y si me hacen mucho daño puedo guardar bastante rencor, culpemos al horóscopo capricornio o a los astros, y reconozco que el resentimiento y el rencor carcomen el alma lentamente si no se transforman en otro tipo de sentimientos, y eso es algo que de una manera o de otra hay que trabajar para cambiarlo, yo sigo en ese proceso de transformarlos, pero al menos ahora me doy cuenta de que si esas personas no se hubiesen cruzado en mi vida, llamémosles retorcidos, hipócritas, cínicos y manipuladores, yo no me habría largado definitivamente de la ciudad donde vivía. Y ojo, que Granada fue la ciudad que me vio crecer durante 35 años, pero hay momentos en los que una persona tiene que cerrar etapas y tiene que hacerlo de forma radical y drástica.

¿Y por qué? Pues por que si uno no toma decisiones, si no coge las riendas de su vida y se hace responsable de lo que hace y de quién es, será siempre una sombra de lo que tanto anhela ser. Podemos cambiar de peinado, podemos cambiar de fondo de armario, hacernos minimalistas, espirituales, personas terrenales, creyentes de un único dios, gnósticos, budistas o cualquier otra cosa que se nos ocurra y que genere una etiqueta. Pero vivir basándonos en una ilusión y no ser conscientes del potencial que realmente tenemos solo nos hace vivir en las sombras y en las dudas de lo que pudiera ser o no ser.

Por ejemplo, ahora tengo un trabajo que me permite poder tener la cabeza algo más estable. En Granada no tenía nada. Ahora tengo una persona a mi lado, mi alma gemela, mi compañero, mi pareja. Es alguien que voy conociendo poco a poco y hace que establezca cosas que antes no pensaba ni se me pasaban por la cabeza. Y debería de estar contenta. De estar feliz. Bueno, pues no lo soy ni lo estoy.
Y os preguntaréis, ¿y eso por qué?
Pues muy sencillo, por que tengo una ristra de demonios que pesan como cien mil putas losas en mi espalda. Aún tengo sombras que hacen que vea las cosas de manera que me llevan a dudar y a reflexionar sobre lo que hago, lo que no hago y lo que más deseo hacer. Y ya mejor los sentimientos los dejamos a un lado porque esos van por otro camino.

En definitiva, mi balance anual es positivo, a pesar de ese fragmento tan agridulce. Pero algunas personas tenemos siempre lecturas pesimistas y fatalistas de las cosas que suceden. La cuestión es la actitud que tomamos con respecto a ese tipo de experiencias. Y no voy a mentir, yo ya estoy cansada de lamentarme y quejarme. De sospechar de todo y de todos. Me vendrán mil experiencias negativas a lo largo de los años y si no fuera por las decisiones que tomé meses atrás no tendría este pensamiento tan autocrítico. No voy a negarme más cosas, bastantes me negué y bastantes deje que me impusieran con el paso de los años.
Hace unos días alguien me dijo que para equilibrar la vida, hay que mirarla desde los ojos del amor, desde la compasión, desde la bondad y desde la libertad. Y que todo eso hay que aplicarlo primero a nuestro ser para poder aplicarlo posteriormente a lo demás y al resto de las relaciones, sean las que sean.

Y no solo tiene razón con ese planteamiento, sino que después de escuchar a la persona con la que trato este tema, con la cual trabajo las heridas más profundas que alberga mi alma, además de soltar y liberar a esos demonios que cargo a mis espaldas, soy consciente de que aún me quedan muchos cambios que hacer en mi vida. Y aplicando ese planteamiento que me expresó, pues ahora enlazo todo lo que he escrito con el título del artículo, llevo días pensando en el lugar en el que estaba hace un año y en el lugar en el que me encuentro ahora, el análisis o más bien pregunta final es la siguiente:
¿Cuántas decisiones tomamos con el paso del tiempo por amor propio y por ser fieles a nosotros mismos?
¿Al final del día podemos contar con nuestra propia alma para poder respirar y sentir con total libertad?
¿O seguiremos siendo víctima y verdugo de nuestra propia existencia?

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