Veo la esquina del bloque gris y azul desde la ventana. Es un edificio medio cochambroso, con letreros desgastados y la pared inferior totalmente mohosa.

Parece que la vida se detenga y los segundos se convierten en horas en aquella esquina. Parece que no haya apenas movimiento en esa zona, la respiración corre tan lenta que parece que el tiempo esté medio muerto. La vida, los pasos y los latidos suenan débiles y pausados.

Todo cuanto sucede en ese rincón de la ciudad se interpola y se conecta.
Y en el instante más fortuito, cuando se cruzan ellos dos, la esquina del edificio cambia de piel radicalmente.

Los grises se transforman.
Los letreros desaparecen.
Y la pared se disgrega en el espacio al mismo ritmo que transcurre el tiempo.

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