Fatiga de esencia y perdida entre el tiempo, deambula entre arbustos y arena.

Entre árboles y quejidos, sus pasos se esconden entre aquellos instantes que vivió en otra vida. Sin miedo a lo desconocido, sin temor a sentir pinchazos en su pobre y estrecha espina dorsal de tantas trampas y pruebas a superar. Sin arrepentimientos. Sin desconchones. Sin mayor privilegio que el de respirar y pisar la tierra que le ha dado la vida.
Sin mayor pena que la de vagar noche y día por entre las piedras y de esconderse tras los matorrales. Sin mayor esfuerzo que el de acariciar fantasmas pasados y el de escuchar suspiros fusilados. Entre hierbas y rastrojos que hacen que respire, piedrecitas que se le suben por entre las piernas anclándose entre la piel y el pelo, ciempiés que se cuelan por cada uno de sus poros revolviéndose entre la dermis y los sueños y lagartijas que simulan su piel al paso del sol que se va quemando, atrapa vientos nordestes que hacen que vuele entre millones y millones de aves rapaces. Sin miedo a ser lo que una vez soñó que era. Sin miedo a respirar el aire que se queda prisionero en sus huesos. Sin miedo a sentir frío, llantos y penas.

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