He visto a la luna renacer de entre una hecatombe de nubes. La he visto gélida, anodina, ansiosa de unos minúsculos roces o de unas sencillas caricias.

La he notado más lívida de lo habitual y descaradamente huidiza por que parece que esté debatiéndose entre el infierno y lo etéreo, y la infinita posibilidad de su renacimiento se deba tan sólo a un ínfimo recuerdo.
Un recuerdo que genera formas abstractas, volátiles y difuminadas en un lienzo oscuro. En el que se dibujan siluetas amorfas con una escala de grises tan oscuras como enigmáticas, con claros oscuros tan pronunciados que pareciera que estuvieras observando un cuadro perteneciente al tenebrismo o sencillamente estés vislumbrando un espejismo de tus más oscuros pensamientos.
Como si no fuera suficiente ya con purgar los propios deseos y excomulgarlos de la forma más mordaz o convertirlos con la apatía y la angustiosa rutina de un día tras otro que se reproduce de forma instintiva. De como la mayor brevedad de un segundo que te transforma en un ser inerte y etéreo se funde más allá del cosmos y lo visceral y te eleva a una ecuación demasiado compleja que te deja con todas las incógnitas navegando por la mente.

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