Ese ser que invade por completo el alma.
Ese ser que es eterno y se funde entre sábanas y sueños deslizándose más allá de las quimeras.

        Penetrando en límites insospechados del ser, hundiéndose entre pliegues y arrugas.
Definiendo la levedad de los cuerpos.
        En esas noches en las que el deseo combate a plena batalla,
con la pasión y la lujuria de testigos, al corazón.
        A ese minúsculo ser sentiente, que habita en cada uno.
                    Ese pedazo vulnerable de carne que se esconde entre huesos y respiraderos.
El cual suele perder la gran mayoría de las batallas.
                       Por ser demasiado compasivo. Por ceder ante nuestros suplicios.
Y torna la batalla en un retorno constante,
                       en un quebradero de sensaciones con principio y fin,
masacrando sin piedad las pocas gotas de sudor
                       que se mantengan entre la dermis y la terquedad.
Acallando cada uno de los gemidos contra la sien.
          Volando los sesos. Explotando en mil y un éxtasis y placeres.
                Allí es donde se encuentra él, ese ser, el verdadero dolor. Lo es todo. Y es hasta su vida.
Cantando como un ruiseñor al cielo, por las noches perdidas
                          y sienten el deseo incontrolable de odiarse o de amarse.
                          De sentirse. De escucharse.
Y su canto se vuelve melancolía en sus pensamientos.
   Se convierte en una plegaria que grita sin dudar y sin miedo.

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