Sucedió en algún lugar, no se sabe el qué, cómo, cuándo, dónde y por qué llego un espantapájaros totalmente destrozado a un campo de flores sombrío, desolado, marchito y apagado.

En aquel lugar, escuchaba a lo lejos a los cuervos que le dicen que ya nunca más vendrá la persona que le trajo aquí, y que nunca jamás podrá huir de aquel nido de cuervos en el que ha vivido durante tantos años desde que le plantaron.
Quizás, durante ese paso del tiempo, al espantapájaros, le quitaron un mundo lleno de felicidad, un mundo repleto de sonrisas y de gritos de alegría. Aquel mundo que conoció cuando vivió con el ser humano, aquel que sintió y le marcó al estar rodeado de niños crueles que le tiraban piedras, le apaleaban y se reían de su fealdad aunque también, para igualar los daños sufridos por los abusos de esos niños inhumanos, sintió el cariño de otros niños que le cambiaban de ropa como si fuera su propio muñeco de trapo, le dibujaban grandes sonrisas con hilos y telas, le cosían los retazos de la tela que se había caído y le cambiaban de gorro siempre por uno más nuevo. Hubo algunos adultos que le miraban de reojo con cara asustada porque, aquellas niñas que lo cuidaron y lo mimaron le cosieron mal los botones que le pusieron por ojos e infundía miedo a todo aquel que le mirara fijamente, y a pesar de que siempre tuviera la cabeza agachada e intentaba evitar ser observado, era expuesto a examen cada vez que alguien entraba al campo. Pero aquel mundo, tan lleno de vida, tan especial pasó tan rápido al pasado, que parece que todo eso sucedió hace muchos siglos atrás.
El espantapájaros una vez más, sintió al mirarse las manos, que le habían robado las ganas de querer mirar al cielo, a ese charco inmenso pintado en un azul eterno que nunca se le ve el final.
Ya no le gustaba sonreírles a los pájaros y espantarlos para que no se comieran las semillas sembradas y fermentadas del campo. Al pobre espantapájaros triste y abandonado, le arrancaron el pequeño corazón que tenía. Y lo clavaron entre matorrales mustios en donde apenas había un retazo de vida, todo estaba apagado y seco.
Poco a poco con el paso tardío de los años, y de las estaciones estivales, cada una de sus ropas se iban desgarrando, se iban desgastando mostrando todos sus tallos secos y todas sus incógnitas y se iba doblando cada vez más hacia el suelo. Su cuerpo de paja, se iba desmoronando, como una torre de cartas a la que le ha derrumbado un soplo de aire que pasaba por allí en ese mismo instante. Pues en ese mismo momento a nuestro espantapájaros le sucedía lo mismo con su propio cuerpo formado con paja. Perdía parte de su cuerpo, perdía toda su esencia. Sentía como se caiga cada tallo de paja podrida de su cuerpo, como si pareciera que se le cayera poco a poco el alma a los pies.
En aquel lugar que no era tan solitario, pudo conocer a seres tan irreales, que le fascinaba que se le posaran sobre sus menudas extremidades, los escarabajos turquesas. Y cuando no eran los escarabajos, veía a escorpiones alados, posados sobre sus manos. Y cuando llegaba el verano sentía el cosquilleo de hormigas mutantes, con el cuerpo verde y la cabeza roja, que subían por sus piernas, y se le colaban entre la ropa y la paja haciéndole sentir hormigueo, buscando un lugar fresco donde guardar su sustento. A veces temía cuando sentía a las culebras serpentear entre los matorrales y traspasar sus piernas, acariciándole con su piel áspera los tallos verdes que estaban naciendo a sus pies y los mataban, contaminándolos con su propio veneno.
Pero tuvo que llegar aquél día, en el cual el espantapájaros decidiera volver a tener el corazón que un día perdió, y el valor que desapareció con el paso de los años para decidir dejar de estar crucificado, espantando a los malditos cuervos que desde las alturas le susurraban a gritos la desdicha de su soledad. No quería ser el mártir de dios, no quería seguir siendo el desdichado espantapájaros triste y crucificado del cual todo el mundo sentía lastima. Así que intento escapar de aquel lugar. Levanto sus piernas pajizas y enjutas y echó a andar recorriendo piedras enormes y flores secas.
Tan solo llevaba 15 metros cuando sintió un golpe seco en sus piernas, no sabía que había pasado, pero se habían partido en dos. Cayó al suelo y de tal forma, que sus ropas se quedaron esparcidas por todo aquel terreno lleno de girasoles negros y la paja que formaba su cuerpo voló por los aires. Siendo el cebo de los cuervos que volaban y graznaban desde el cielo. Solo pudo conservarse la cabeza del espantapájaros, apoyada sobre un lado de la cara por un girasol con los tallos machacados y podridos. Desde aquella posición pudo ver el festival de sus partes y sus tallos volando por los aires.
El pobre espantapájaros se quedo en compañía de su girasol putrefacto, chamuscado y petrificado entristeciéndose aun más. No solo había intentado salir de aquel horrible lugar, había intentado ir en busca de su dueña.
Pero asqueado de sus propios esfuerzos y delirios, decidió llorar y brotar de nuevo en el campo de los girasoles muertos. Y mientras sentía ese desasosiego por su intento de huida, los grillos alados lo encontraban esperando a alguien bajo el umbral de los girasoles, hinchado y putrefacto de tanto llorar esa angustiosa soledad.
Hasta que un día un cuervo que vagabundeaba por allí buscando algo de comida encontró tres objetos sobre la tierra, al lado de un girasol que miraba al suelo, que le llamaron su atención. El cuervo acabo recogiendo dos botones triangulares blancos, y un pedazo de piedra preciosa y se los llevo a su nido, conservando así la memoria del espantapájaros que intento huir del cementerio.
2009

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