Paseo por el pasado de forma que cada uno de los pasos me envían estímulos totalmente erróneos y me llevan a un cataclismo constante que quema la planta de los pies.

En dicha excursión, observo paisajes exhaustos, flores inertes y casi marchitas, siento que el aire, enrarecido y con toques mohosos, me enclaustra a cada paso que doy en un bucle de miseria, agonía y resentimiento. Parece que cada recuerdo y cada vivencia que misteriosamente se ha anclado a mi memoria se acentúan y perforan con ansia mis neuronas, es como si tuviera un taladro intentando horadar mis sienes. Este viaje tan surrealista al pasado no me está ayudando.

Este viaje espacio-temporal me está aniquilando las ganas. Me está matando una vez más. Me está mostrando que otra vez voy a perderme entre mis sentimientos. Este absurdo trayecto me está dejando entrever que me voy a quemar una vez más. Lo que no sé es si será con mi propio fuego, ese que se aviva en mis tripas, o será con una cochambrosa y miserable cerilla.
Y justo en estos instantes efímeros escucho a una voz ronca, escucho una mezcla de gruñidos y sílabas que retumban en el infinito los cuales soy incapaz de entender. Sólo sé que entre cada granizdo que escapa de sus dientes escupe una pequeña parte de veneno. Y es por esto por lo que tengo que agudizar el oído, precisamente tengo que afinar el oído derecho, ese en el que habitan pitidos y zumbidos y no dejan que escuche con claridad las palabras que me escupen. Después de diez minutos largos, más intensos o más densos de lo normal, consigo entender lo que esa voz ronca y angosta dice:
« Deja que te guíe. Déjame llevarte por este laberinto que te lleva al centro y te encamina al edificio en ruinas en el que anida Mefistófeles. Deja que sea él el que te limpie el alma y las manos de estúpidos recuerdos y deseos frustrados. Deja que te purifique el aliento de mi dios y te lleve por el camino de los impíos hasta convertirte en un simple y solapado adiós.»
Cada palabra se hunde en mi consciencia, se fusiona con mis instintos más primarios y con mis pensamientos más ordinarios y de forma misteriosa sale una voz de mis labios que susurra una respuesta de la que yo no soy consciente:
«Sí, llévame por el pasaje del infierno. Acaríciame el hombro, dibuja un halago a lo largo de mi brazo, roza las yemas de tus dedos alrededor de mi muñeca y cógeme lentamente de la mano. Y así dejamos sucumbir al demonio que nos clama y nos ansia para terminar en sus tripas. Muertos de dolor. Muertos de ira. Y con los deseos adormilados.»

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