Has matado al esclavo con un puñal de mentiras, odios y rencores y se ha desangrado lentamente.

Ha perdido la razón y el aliento por no saber contener las palabras y guardarlas entre las costillas y el pecho y se ha esfumado entre el vacío que invade al tiempo provocando una guerra tan fría como austera.

En esa guerra en la que la suerte de vacilar a cada paso, la indecisión de ahogarse en pensamientos absurdos, la agonía de lo sentido hace crecer a un demonio interno hambriento de pesadillas y que te conduce, como si le fuera la vida en ello, por un camino por el que desciendes al mismísimo infierno.

Pasas por ese camino, cayendo una y otra vez por entre las piedras y con cada caída el cuerpo te invita a relamerte, cada herida infligida en la piel, como un perro, pasando por cada pecado y ahogándose en ellos como un maldito.

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