Llega el día y en el momento en el que irrumpe el sol y se desliza entre las nubes sabes que es el indicado.

Sabes a fe ciega que es el día en el que todo se torna hacia un mismo lugar; y todos esos atajos y veredas que tomaste años atrás, se convierten en la carretera principal hacia el destino. Allí, es en donde se hacen realidad los sueños, en donde se palpan con los dedos y se sienten los latidos como mil pájaros abriendo las alas dentro del pecho.
Abanicando con tal fuerza que parece que el corazón fuera a salirse por la boca. Corriendo con tanta fuerza que el aliento, el empeño de respirar e inspirar, son nada más que susurros del viento.
Y todos esos sueños, esas posibilidades que pensabas que eran remotas, esos instantes que parecían quimeras se hacen realidad. Se hacen veraces. Se anclan en el estómago con tanta fuerza y tanta ansia que te provocan vértigo. Te crean la sensación de estar en la cima, de estar tan alto, tan lejos que parece mentira.
Tan lejos y tan cerca, como de estar a milímetros de conseguir un sueño. Como estar a milésimas de segundo de firmar un acuerdo.

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