Manteniéndose de puntillas, tanteando de vez en cuando las paredes, se acercaba a la mesa. Con lucerna en mano, intentaba buscar un trozo de carbón blando y algo de pergamino.

Quería dibujar una nueva vida. Quería imaginar que la oscuridad que habitaba en la inmensidad del pueblo era invadida por la luz del sol, deslumbrando a todos de la verdadera esencia de vivir. De sobrevivir. De subsistir.

Y presa de un aliento casi sin vida, con los dedos amoratados y temblorosos de frío, dibujaba con el carbón más negro un haz de luz. Ese que desprendía su alma. Del que emanaba toda su esencia.

Quizás, sin apenas cerciorarse de su verdadera naturaleza, ella estaba destinada a ser la llamarada que al pueblo le hacía falta. Ella era el fuego que debía de acabar con la tiranía de un soberano orgulloso, mezquino, soberbio y cruel. Y aquella noche, intentando ilustrar con toda su alma y con toda la rabia que contenía en ese pequeño cuerpo, la encontraría entre sueños.

Soñó que convergía de entre las sombras, escudada entre virtudes y rencores, mancillando el nombre de su verdadero padre. Censurando las prohibiciones de un déspota, marcando nuevas directrices, mandando a un pueblo acongojado por las necedades, resurgiendo de entre adoquines manchados de sangre y vómitos amargos a un fuego vívido, un fuego lleno de rabia, amargura y desazón que lo llevaría a una nueva era.

A un nuevo despertar.

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