Por las noches, la lluvia arrambla por las calles. Retoza a cada una de las gentes del pueblo y amaga en plazas convirtiendo las fuentes en remolinos de pura densidad líquida.

Esas gotas minúsculas, limpian en profundidad la mugre pegajosa del suelo, enmohecen los bajos de las casas y le dan vida a los árboles que fingían ser inertes. Mientras una niña, presa de un sentimiento de libertad, observaba como la lluvia devastaba todo lo malo que el señor de la guerra había implantado. Aquella niña, de unos diez años, era la hija bastarda del señor de la guerra. Arraigada de lo que pudiera ser el privilegio de ser su hija, la mandó a una casa de acogida.

En donde solo vivían artistas y filósofos. Adoptada por una vida contraria a todo lo que se vive en el pueblo. Ella, aprende de un filosofo y de un pintor a respetar la vida de los demás empezando por ella misma. Conociendo todo lo que le rodea como una extensión más de su cuerpo.
Cuidándola, mimándola, amándola.

Esa noche, la lluvia, limpió las almas impías, despertó a los borrachos que dormían en las calles dejándolos sensatos y a ella, a la niña de diez años, le hizo renacer como una pequeña seta. Y situándola al pie de la pata de la mesa contigua a su cama, convergía un grupo de musgo y hongos. Dando una nueva vida. Dotándole a la pequeña niña de inquietud por ilustrarlos junto a una mesa con pergaminos, óleos y pinceles.

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