Puede que su mayor miedo sea no poder respirar, no poder notar como el aire entra por sus fosas nasales y viaja de forma sistemática por todas sus vías respiratorias hasta llegar a sus pulmones.

Sentía que los pulmones se le iban encharcando poco a poco. Notaba que se iban llenando de agua, que subía poco a poco por cada poro y le iba quitando el poco aire que contenían.  Le resultaba tan difícil acostumbrarse a lo que le estaba sucediendo, no dejaba de pensar que de un momento a otro sus pulmones dejarían de funcionar, perdería la noción del tiempo y perdería por completo la consciencia cayendo preso de un sueño repetitivo y angustioso. Dejaría que su instinto tomara el control de todo y le llevara a un viaje con un destino bastante fijo. Uno del cual no habría retorno. Y a saber si podría o no rehacerse entre sombras y susurros. A saber si entre tanta incertidumbre los huesos soportarían tanto peso y podría volver a ese punto de reencuentro en el cual pudiera volver a fusionarse para volver a ser el que había sido.

Pero no lo veía claro, es más, cada vez se le hacía más insoportable el tener lucidez en sus pensamientos. Todo se le iba haciendo cada vez más turbio y poco a poco dejaba de sentir sus miembros.

Lo primero que dejó de sentir fueron sus pies, dejó de sentir la picazón en las plantas en cuanto empezaron a encharcarse los pulmones, después dejo de sentir las piernas, no notaba que le sostuvieran porque tenía la sensación de que flotaba en una balsa que le mecía con suavidad hacia al frente y hacia atrás, hacia un lado y hacia el otro. Lo peor vino después, porque se le empezaron a paralizar las tripas hasta tal punto que no sentía ni escuchaba los crujidos de su estómago los cuales se propagaban a la velocidad de la luz entumeciendo los brazos y los dedos, ya que tan solo sentía en las yemas un hormigueo voraz que le creaba un estado de embriaguez que lo adormilaba aún más y se iba extendiendo hasta sus neuronas que se iban atontando más y más. El punto de no retorno se le hacía cada vez más real.

Y el paso de los segundos se le hacían demasiado eternos, aquello estaba siendo una tortura. Estaba sufriendo un auténtico infierno. Y su gran castigo era notar que el agua penetraba con más profundidad en sus pulmones. Parecía que estuviera a punto de estallarle el pecho y romperlo en dos mitades para dejarlo aún más roto de lo que ya estaba antes de entrar en ese lugar.

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