Como señor de la guerra manda sobre todo su pueblo, implorando cada uno de sus deseos, calumniando a bebedores avariciosos, quemando a fuego vivo a los gnósticos.

Y aquellos que pretenden ser lo que no son, volando entre cantinas y vasos de pútrida arcilla con vino aguado los amarga con sufrimientos. Y acalla las plegarias de sus esposas y prometidas con abusos, palizas y violaciones que para él eran pulcras y benditas. Esas que bien describe él mismo como las que manda Dios.

El fuego que emana de su vientre. Esa llamarada que nace de mil astillas, de palos secos y putrefactos. Expulsa hedores fétidos, achicharra huesos débiles y cuece a fuego lento el corazón del ser humano, mientras el alma se ahoga entre el fuego con gritos silenciados y susurros que se desvanecen en el cielo.

Él, sin piedad, sin inmutar nada de su maldito y ansioso reino, sin molestar a toda su descendencia, comete todo tipo de atrocidades llegando hasta tal extremo de rozar con sus dedos la muerte. Porque si él no tiene miedo, su pueblo tampoco debe de tenerlo. Por eso mismo lo castiga y fustiga, día tras noche sin descanso y sin respiro.

Y por ello el pueblo, renuncia a toda lucha de libertad. Desisten a rebelarse contra su señor y se ahoga en un mar de bebedores fracasados, mujeres violadas y niños con miradas ensangrentadas.

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