Se abandona, se escabulle entre arrugas de sábanas, se cuela entre almohadas y lánguidos suspiros para entregarse a un sentimiento tan real como quimérico.

Despedazando sus ansias, manejando sus dedos como si tejiera una invisible e irrompible camisa de fuerza, penetraba más y más profundamente en aquel pozo de olor nauseabundo que le regía y le imponía un dolor satisfactorio, una tortura sin final, un desconsuelo que minaba toda totalidad de su existencia y lo sumía en un estado catatónico. No era otra cosa nada más que su inconsciente, tratando de realizarle sus deseos más impíos, aquellos sueños que deambulan por su mente cada noche y que nunca dejaran de ser irreales.

Durante sus irrefutables noches de placer oculto, hundía sus manos en un cuerpo imberbe y pálido, arrastrando los dedos sobre su piel, dibujando círculos esperpénticos, simulando orgasmos epidérmicos. Arañando. Pellizcando. Mordiendo. Succionando. Tragando. Gimiendo entre las sábanas, ocultando el aliento con sus dedos. Penetrando el alma en la caverna de lo infinito. Desarrollando seres uniformes que corren como si los hubieran propulsado a gas. Y a presión, entre quejidos, minúsculas contracciones y síes, las quimeras acababan convirtiéndose en delirios, en ascuas perdidas por el soplo de un suspiro. En fuego apagado porque el alba lo cubre todo de escarcha. Apagando el sentimiento más tardío.

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