SUENA: ORACULUM, TRENT REZNOR & ATTICUS ROSS 

Hablamos de artículos que intentan ofrecernos ayuda, o nos exponen una serie de ideas resolutivas que podemos aplicar en nuestra vida diaria, pero, ¿dónde están esos artículos que no son informativos y pedagógicos pero si que son necesarios para caer en un pozo de introspección o de reflexión para no acabar totalmente disfuncionales y víctimas de una vida que no es la que uno quiere sentir?
No hablo de artículos filosóficos, ni tampoco de artículos con datos funcionales, ni tampoco hablo de artículos epistemológicos.
No. No hablo de nada de eso.

Hablo de cómo encontrar el punto de retorno.

Hace cosa de quince días comenzó a salir de mis entrañas una fuerza descomunal. Todo estaba materializándose y creando bucles sin sentidos. Los recuerdos dejaron de ser meras evocaciones y pasaron a formar parte del presente. Y fueron llegando uno a uno con tantísima fuerza que ahora mis neuronas están doloridas, cansadas y desmotivadas y mis entrañas se están desangrando a la misma velocidad que pasa el tiempo y siento que cada gota de sangre que cae suena igual que el tic tac de un reloj antiguo.
Suenan huecas. Vacías. Y siento que no se desparraman por el suelo de la misma manera que las otras veces en las que me he desangrado. Estas son más densas, propensas a temblar misteriosamente y ni pierden la forma.

Por alguna extraña razón hay personas, o ciertos momentos vividos con equis personas que hacen que los recuerdos no sean como simples memorias y sean más experiencias presentes que las ya vividas. Hay instantes en la vida en la que no solo duele romper un lazo sentimental duele más que te incrusten en la cabeza, e incluso en el corazón, los demonios del pasado a los que uno ya se enfrentó y lucho con sangre y sudor y tenga que volver a pelear contra ellos, a lanzarle gritos mudos y a pegar puñetazos al aire esperando que los reciban.
La sensación que se siente es asfixiante, exasperante y angustiosa. En realidad es como si te estuvieran inmovilizando y no te dejaran defenderte, es como si te colocaran en una cama desnuda por la cual van subiendo los peores temores, las malditas pesadillas; tanto las nocturnas como las diurnas, o las peores fobias. Las cuales se materializan en arañas gigantes que trepan de un lado a otro y te atrapan en su fría y delicada tela de araña o se personifican en diminutas hormigas que corren como locas y se colocan desesperadas encima de tu cuerpo para ir devorándote, y poco a poco van aprisionándote y ahogándote en una oscura quimera. Lo peor es cuando consigues deshacerte de ello es cuando todo se desmorona. Los temores, las pesadillas y las fobias consiguen desdibujarse y desvanecerse en el espacio porque al fin y al cabo todo ha sido fruto de la imaginación. Y ahí es cuando todo ello renace en los pensamientos y sentimientos que creías haber olvidado y enterrado en lo más profundo de tu alma y se acaban agarrando a tu piel como parásitos sedientos en busca de la poca sangre que te queda para luchar y sobrevivir a la realidad de la que estás intentando salir.

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Hay personas que lamentablemente eligen un sendero en donde las curvas y las apariencias no suelen ser las que realmente uno cree conocer. Muchos pecamos de conocer la vida de los demás cuando en realidad no sabemos absolutamente nada de las personas con las que tenemos una larga amistad. Pues todo el mundo aprende e intenta ocultar de alguna manera sus deseos más prohibidos, aunque más bien son vicios que impregnan sus fosas nasales en una feria ambulante llena de polvo y de mugre. Y es ahí en donde uno se pregunta, día tras día, a través de cada momento compartido, de cada momento de silencio, de cada gesto que no querías haber visto, de cada sonrisa retorcida de payaso triste y psicótico, de cada vez que esa persona masculla saliva y escupe de forma repetitiva palabras que te taladran el cerebro y te suturan la piel con un hilo blanco pegajoso. En esos instantes uno no deja de preguntarse con ansia y mirando a su alrededor se formula a sí mismo:
¿En donde está mi mente? Necesito poder salir de aquí.

¿En dónde me encuentro? Necesito salir de esta vorágine que me está consumiendo y presionándome.
¿Por qué no funcionan mis pulmones? Necesito aire para poder hallar mi propio camino y que no apriete tanto mis costillas…
Y, ¿por qué no puedo encontrar el punto de retorno?

Y a tientas, después de quemar todos los zapatos que te quedan, de magullar las manos por descargar las iras contra el viento, después de arrastrar los dedos en busca de algo que te lleve al punto de retorno, lo encuentras. Pero lo que no sabes es que al encontrarlo vas a caminar por un sendero que se bifurca del otro que ha elegido la otra persona, la que decide tomar la vereda del vicio y de la muerte. Y te encuentras paralizado al inicio. Pues el camino que tomas no está tan desierto como lo aparenta ni está tan oscuro como el otro.
Hay luces intermitentes que crean una estela a lo largo y a lo estrecho del sendero.
Es un trecho que a medida que lo avanzas empieza a sonarte un poco el paisaje que lo describe y por el cual trascurren luces que han dejado de ser tan intermitentes, pues están fijas a cada lado y dibujan líneas deformes, y tus pies, que ya han decidido que es hora de aligerar el paso, comienzan a correr como si fueras un caballo desbocado en busca de la meta. 

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Han pasado quince días en los que he andado y he respirado con demasiada dificultad. He tragado saliva, sangre y arena osea por apretar demasiado la mandíbula. He sudado por la espalda, por las sienes y por las palmas de mis manos por estar maltratando mis entrañas. Mis ojos están secos y agrietados por haber derramado lágrimas salinas con restos de sangre y restos de dignidad y orgullo. 
Y aún sigue resonando dentro de mi cabeza, ¿en dónde puñetas está el punto de retorno? ¿Lo alcancé? ¿O lo he traspasado ya? ¿Conseguí salir? ¿El mal sueño acabó ya?

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