¿Alguna vez habéis tenido la sensación de que no encajáis en ningún contexto?

En esta ocasión no voy a escribir palabras optimistas. Esta vez no hay una línea entre ellas llenas de ganas, de ilusiones y de cambios. Y la razón es muy simple y tiene que ver con que haya estado casi una semana sin actualizar el blog. Las Navidades me deprimen. Me hacen sentir aun más sola de lo que ya estoy y además de eso desde hace ya muchísimos años dejaron de gustarme.

Hace 14 años perdí el sentimiento navideño y desde entonces cuando llegan estas fechas yo me encierro en mi caparazón con la única esperanza de que acaben pronto para poder sacar la cabeza y ver un poco la luz.

Escribo hoy embutida en una manta, pegada al radiador, con un incienso de romero y con la mirada fija en un punto inexistente e imposible de encontrar o definir en el espacio. Y lo único que suenan son las teclas y me da la sensación que de un momento a otro van a arrancarse a bailar y van a animarme el día. No quiero mentir, ni tampoco tengo ninguna necesidad de ocultar lo que es más que evidente. Pero como se puede ver tras las letras, no estoy en mi mejor momento.

Básicamente porque no dejo de pensar en todo lo que he hecho durante el año, las cosas que han pasado, las palabras que no he dicho y las cosas que dije hacer y sin embargo no he hecho. Yo no sé como lo harán los demás, pero cuando llega diciembre tengo una pequeña manía –véase defecto– de ponerme a hacer una valoración anual de todo, absolutamente todo, lo que ha sucedido. De verdad que me gustaría poder formatear mi mente y olvidar muchísimas cosas y algunas decepciones que he tenido. Pero no puedo. No soy de esas personas que olvidan fácilmente. Tengo muy buena memoria y guardo cada una de las cosas que me han hecho, me han dicho y todos los pensamientos que tuve en su momento están bajo llave. Y ojalá fuera como coger una aceituna, masticarla hasta quitarle toda la piel y dejarle nada más que el hueso para después tirarla y olvidarse de que la has masticado, pero en mi caso no es así. No se puede hacer lo imposible en posible.

El caso es que sé que hay que olvidar ciertas cosas y ciertas personas o al menos ‘no recordarlas más’, para así evitar hacerse más daño. Pero como soy un poco masoquista me acabo machacando yo solita y me desencadeno -entre otras muchas cosas más- una ansiedad de lo más preciosa y si no acabo con ataques bien fuertes de pánico en mitad de la calle acabo llorando y luego me voy escondiendo de la gente con la que me topo.

Pero bueno, como ya he dicho antes; ¡No me gusta nada de nada la Navidad! Y no, no soy el Grinch. No me gusta la Navidad, pero tampoco me gusta ‘joderles‘ la Navidad a otras personas. Simplemente respeto a quienes les gustan estas fechas y las disfrutan con su familia y sus amigos. Yo, por mi forma de ser y por otras cuestiones personales, no las disfruto. Me ahogan demasiado. Me siento como una extraña allá a donde vaya.

Me generan mal rollo estas fechas, me siento en mi propia soledad y, a pesar de estar rodeada de personas, me siento muy sola e incomprendida. No sé si habrá quien me lea que me pueda entender. No sé si habrá alguien que se sienta un poco identificado o no.

Pero yo hoy solamente quería expresar que hay momentos para la soledad y hay otros momentos en los que cuando la sientes, parece que te estén desgarrando por dentro. Parece que todo te mata poco a poco y te hunde en un agujero demasiado negro y profundo.

Un comentario en “| La soledad de las palabras

  1. La Navidad es tal y como la describes, pero recuerda que la soledad es un regalo para el escritor. Así que, haz tuyo el presente.

    ¡Saludos!

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